Innovando por la tradición del café

EL 12/18/2014

Empresa familiar del Quindío busca posicionar una nueva forma de comercializar café: de la finca a la taza. Sin intermediarios.

Inés Botero Uribe es médica, investigadora en lactancia materna y primera infancia. A pesar de décadas viviendo en la ciudad y trabajando entre libros, ella no olvida su origen: nació y creció en el campo, en medio de sembrados y gallinas.

Hace tres años, cuando heredó de su papá un cafetal de dos hectáreas, Inés tuvo un sueño: continuar con el legado de su papá, hacer de la caficultura una tradición de familia que perdurara a través de las generaciones. Ella lo grita a los cuatro vientos: “Yo quiero que mis hijos y mis nietos, que nacieron en la ciudad, sigan con esta cultura del café, quieran y amen el café y el campo como yo lo quiero”.

Sin embargo, al cabo de unos meses, Inés descubrió que los costos de producir café eran más altos que el ingreso que recibía al venderlo. Supo que para continuar sembrando y cosechando debía encontrar una manera de hacer de la caficultura una actividad sostenible. Es así como, con la ayuda de sus hijos Catalina y Juan Sebastián, nació Café de la Aldea, una nueva forma de producir y vender café en la que los tres vienen trabajando desde hace un año.

El negocio habitual del café tiene una larga cadena de valor que comienza con el caficultor e incluye hasta cuatro intermediarios antes de que llegue al consumidor (cooperativa, exportador, importador y tostador). “La propuesta de Café de la Aldea es llevar el café directamente de la finca a la taza del que se lo toma, obteniendo así un beneficio doble: capturar todo el valor agregado de la cadena de valor del café y darle al cliente el café más fresco posible” explica Catalina, la hija mayor de Inés, quién trabaja en desarrollo rural.

Café de la Aldea busca no sólo ser sostenible desde el punto de vista financiero, sino también en el ámbito social y ambiental. A diferencia del 90% de los trabajadores rurales en Colombia, los empleados de Café de la Aldea tienen empleo formal, con seguridad social y prestaciones. Además, durante toda la cadena de producción, se utilizan métodos que previenen la erosión y purifican el agua de manera natural, además de empaques que son tanto reciclables como biodegradables.

Pero por encima de que el modelo de negocio innova en la concepción clásica del mercado del café colombiano, la familia insiste en que la trascendencia de Café de la Aldea es el rescate de la tradición al hacer del campo algo atractivo para las nuevas generaciones. A sus 56 años, Inés tiene la edad promedio del caficultor colombiano: el campo se está quedando sin manos jóvenes que releven a las viejas, que le permitan renovarse, proponer, reconstruir la vida rural. Los sueños no pueden tener fecha de caducidad y, como los de Inés, necesitan sucesores. Las voces de los campesinos están ahí para el que quiera oírlas, nunca más impactantes que durante las protestas que sacudieron al país en 2013, las cuales en su raíz fueron por el mismo problema que Inés tuvo al inicio: que los costos de producir café son más altos que el ingreso que se recibe por las ventas del producto. “Más allá de un emprendimiento para hacer sostenible nuestro café, hay un gran trasfondo del drama del agro en Colombia y la necesidad de encontrar formas de hacer del campo una actividad rentable y atractiva”, dice Juan Sebastián, de 27 años, especialista en políticas públicas.

El Café de la Aldea en hermosos empaques, listo para consumir, es hoy una realidad. Sin embargo, aún falta sortear retos nada pequeños. Para ello, la familia postuló su proyecto en una plataforma de financiamiento colectivo con el fin de dar a conocer su producto y difundir la visión de la empresa: café artesanal, trabajo justo y un campo viable. Pueden apoyar esta iniciativa en www.idea.me/cafedelaaldea.

Imagen: Strange golden smoke taking away from coffee seeds Shutterstock